Artículo Único de la Ley de Tránsito de Ecuador: “Cuidado te Pisa el Carro” PDF Imprimir Correo electrónico
Viernes 07 de Agosto de 2015 01:28

“La realidad jurídica requiere la presencia de una práctica unitaria de identificación de normas”
Josep M. Vilajosana

La situación es la siguiente: quiero cruzar una intersección concurrida. El semáforo me da luz verde, voy a pie. Pero a pesar de tener la “protección” de la luz verde debo esquivar (muy peligrosamente, a veces) los carros que giran en mi dirección. Cruzo como puedo. Casi me atropellan. La escena se repite en cada intersección. La situación no es anecdótica. Es peligrosa, y mucho. Hay personas que han muerto en este tipo de cruces.

Es un típico caso de abuso en las calles y avenidas de nuestro país. “Cuidado te pisa el carro” parecería ser la única norma imperante en el tema del tránsito: es decir, la ley del más fuerte. Si tengo un camión, espanto a los buses; en un bus les lanzo el carro a los 4x4; si voy en 4x4 hago a un lado a los autos pequeños; y al final de la cadena del maltrato quedamos los ciclistas y los de a pie.

¿Qué más injusto que esto? La democracia y la ley llevan 300 años de historia buscando defender a los más débiles frente a los más fuertes, a los desprotegidos frente a los poderosos (o al menos eso claman). Y en el tema del tránsito, ¿quién defiende a los “sin chasis”? La realidad vial ecuatoriana cuestiona fuertemente el para qué de la norma; el para qué de la institucionalidad.

Es que, como dice el autor, “el derecho es una creación social: (…) la existencia de un sistema jurídico depende, en última instancia, de un conjunto de creencias compartido por las personas relevantes”. Y en el tema de la movilidad, todos somos relevantes, pero especialmente quienes tienen más poder (máquinas más poderosas).

En otras palabras: para que una ley se cumpla, no sólo es necesario que exista, sino que la gente debe estar educada al respecto, conocer la norma y aceptarla como lo que es: un principio de convivencia, un rasgo de humanidad. Y quizá aquí radica la gran brecha que en Ecuador todavía debemos salvar. En nuestro inconsciente colectivo parece que está interiorizado este principio equivocado: si tengo auto, tengo derecho a llegar más rápido, a donde quiera y como pueda. Nada se interpone en mi camino, esquivo la ley. El principio deseable sería: si tengo auto, tengo el privilegio de vías rápidas y una máquina potente; por lo tanto, protejo a los más débiles en las vías, respeto la ley.

Ese es el cambio de paradigma que tanto pregonamos: un cambio que requiere una reflexión sobre lo público y sobre nuestro papel como ciudadanos. Y como ciudadanos al volante. Un cambio que debe considerar la pirámide de la seguridad vial, donde la prioridad se asigna del más vulnerable al más poderoso. En la seguridad vial se debe cuidar más, obviamente, a quienes circulamos sin chasis.

La “nueva” ley de tránsito, expedida en 2008, ya lleva 5 años de vigencia y varias reformas; pero resulta insuficiente frente a la realidad que vivimos. El número de accidentes no se redujo desde la promulgación de la ley, sino que aumentó (más de 20%) hasta 2011, año en que los accidentes volvieron al nivel de 2009. La explicación: en el 2011 se expidió el reglamento de la Ley, que permitió operativos para incidir en la principal causa de accidentalidad: impericia y exceso de velocidad de los conductores (que refleja el “principio equivocado” de los conductores).

Volviendo a la caminata y los cruces, no es desdeñable el porcentaje de accidentes de este tipo. Casi el 20% de accidentes del 2012 fueron atropellamientos o arrollamientos. Es decir que 1 de cada 5 accidentes son de este tipo. ¿Cuántos de ellos pudieron frenar? ¿Cuántos se fijaron en que había gente cruzando la vía? ¿Cuántos aplicaron el “principio deseado”?

Este cambio de paradigmas en la concepción de lo que significa manejar un carro, es lo que necesita nuestro país para bajar los índices de accidentalidad y lograr calles y vías más seguras. En esto, citando a Luhmann y el constructivismo, los procesos informativos y educativos no formales son imprescindibles:

La comunicación juega un papel significativo en el proceso de construcción social de la realidad. Por un lado, las relaciones personales, como base del consenso, pero también la comunicación socializadora de las instituciones que fijan las pautas de la convivencia y la participación, y, lógicamente, la específica de los medios, que contribuyen a la distribución social del conocimiento y el reforzamiento del consenso institucional en el que se asienta una sociedad concreta.

Pie de foto 1.: La pirámide de la movilidad, con los más vulnerables en la cumbre. Colectivo Andando en Bici Carajo