Y sin embargo me muevo PDF Imprimir Correo electrónico

Guadalajara. 7 de septiembre de 2011

Texto leído en el marco del Congreso Carfree, hacia ciudades libres de autos 2011


La vida es un oficio que se ejerce caminando. Desde que tuve uso de razón —es decir, uso de pies— mi madre riñó conmigo por el desgaste y la tortura a los que solía —es decir, suelo— someter al calzado deportivo. Soy hombre de pocas tesis y muchos tenis, y ahora, que ya mayor me corresponde desembolsar cientos de machacantes para cubrir mis enormes pies, entiendo el suplicio de mi progenitora por ser yo, como bien me lo espetaba en mi niñez, un pata de perro. Pero más importante que los gastos —de suelas y de sueldos— es la contemplación. Así, que se gasten los zapatos, que se vacíen los bolsillos y, por supuesto, que fluyan las ideas: la ciudad está ante nosotros y se construye con rostros, imágenes y palabras: los suyos, las de ellos, las de nosotros.

 

Guadalajara es una ciudad ideal, entonces, para pataperrear. Ideal, que no real, porque el peatón en turno tiene que enfrentar, a cada paso, no pocos peligros. Desde la contaminación, los baches y los automóviles y camiones que cada tanto nos dan la sorpresa, nada grata, de un peatón o un ciclista muerto por sus traspiés —o trasllantas—, hasta los ladrones y los oficiales policiacos que constantemente acechan, las más de las veces sin razón, a quienes nos dedicamos a ejercer nuestro derecho a deambular por las calles, particularmente en horarios nocturnos. Pero más allá de la quejumbre, que mucho de válida tiene, hay que decir que la zona metropolitana de Guadalajara depara no pocas maravillas para el caminante y que los encuentros, la mayoría de las veces, son afortunados.

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El periodismo, que en esta ciudad parece haberse transformado en parodismo, me llevó durante trece años a los rincones más luminosos, pero también a los más oscuros de la urbe. La ciudad y el camino fueron —son— la conversación, y la confirmación de que algo o alguien sueña y crea, siempre, a golpe de calcetín.

 

Más allá de geografías, el centro de Guadalajara, para mí, está en el cruce de Juárez y Federalismo, esa enorme avenida cuyas amplias banquetas son el más grande estacionamiento de la ciudad. Alguna vez sostuve la teoría de que bastaba con situarse en ese punto durante quince minutos para encontrarse, tarde o temprano, con algún conocido. Están invitados a comprobarla.

 

Y de ahí podemos partir a cualquier lugar, aunque mis preferencias me han llevado siempre por los rumbos céntricos —estoy enamorado, por ejemplo, de la estatua verde de Beatriz Hernández: la fundadora de la ciudad, la mujer Hulk a quien visito regularmente, con ánimos sentimentales y lúbricos. Y cuando la pata es proclive, camino un poco más allá. Mi avenida favorita es Federalismo, que además ser un distendido estacionamiento es una de las galerías más impresionantes del arte urbano jalisciense. En sus bardas se ponen en juego significados que pocas veces encontraríamos, por ejemplo, en el televisor. Recuerdo en particular un mural, situado unas cuadras más allá de Federalismo, en una de las esquinas del Panteón de Mezquitán, y consignado precisamente por Víctor Ortiz Partida en un poema, que muestra a niños armados sobre montículos de cráneos, mientras las neuronas que les brindan cobijo proclaman: Graffiti longa, vita brevis. Precisamente en la ciudad donde los Cars siempre longa, y la vita, cada vez, más brevis.

 

Un ejercicio simple, tan básico como recorrer Federalismo, desde el Periférico Norte hasta avenida Washington, sirve para entender un poco acerca del movimiento de arte urbano que florece en Guadalajara. Del trabajo de los colectivos locales VRS y Eyos al graffiti del artista alemán Claus Winkler, más conocido como Seak, la arteria vial es una galería en la que el street art se fortalece con una visión global del mundo: stickers, esténciles y, sobre todo, mucho aerosol, se adhieren a los muros, los semáforos, las señales de tránsito y hasta las estaciones del Tren Ligero. Los temas y la calidad varían, pero el conjunto es impresionante y colorido: mientras algunos, simplemente, reproducen los logotipos de sus grupos musicales o productos favoritos —rebelarse vende, ni modo—, otros se lanzan a la calle con una visión propia, con imágenes que reúnen fuerza visual y se tiñen del ambiente social de la época.

 

Un punto de vista, una sensación, un insecto cyberpunk. Paletas que conviven, sonrientes, junto al nombre de una dama. Una chica de ojos verdísimos y otra, taciturna, en una gasolinera. Un grupo de gente que proclama apoyo para los migrantes. Un oso empastillado y el ácido gesto que trasluce de un paisaje nevado, quizás una palabra, en la que flotan esferas minuciosas. Muchas, pero muchas, calcomanías. El sticker se apropia, sobre todo, de la ciudad vial, reinventa sus signos y confiere una personalidad única a la avenida. Otras pegatinas, más elaboradas y que integran el arte del aerosol y el esténcil, disparan su contenido político con la simple combinación de blancos, negros y rojos: “Terrorismo visual”. El nuevo imaginario de Guadalajara, del mundo, no parece estar en los museos ni en las galerías, sino en las calles. Y sus artistas, como quiso el poeta chileno Vicente Huidobro, entienden el aspecto eléctrico de la creación. Como si una simple calca, un esténcil o un elaborado graffiti gritaran, desde la imagen —como respuesta anticipada a quienes sólo ven vandalismo en el street art—: “Ni castración espiritual ni castración social”. Y así, la ciudad vive y los niños ya no tienen que orar por bicicletas.

 

Soy un peatón al que le gustan las ruedas. Las calles de Guadalajara son como las venas de mi propio cuerpo. Hace un par de años, merced del estrés y la furia, dejé por fin las ruedas motorizadas. Aunque ahora soy peatón convencido, fui el feliz poseedor de un Volkswagen sedan (también conocido como Vocho del Infierno), que nos deparó muchas aventuras y pequeños desastres en cuyos asientos se forjaron amistades como la que tengo con Antonio Ortuño, quien durante muchos años sufrió mis impericias al volante. Pero eso está en el pesado pasado y hoy, a pesar de mis años, que tampoco es que sean muchos, por más que mis rodillas se empeñen en afirmar lo contrario, gusto de la manía bicicleta y del ánimo patineto. Pero, entonces, los pies:

 

Caminar y pensar son, como en la literatura inteligencia y estilo, una misma cosa. Se usan los pies para azotar las neuronas y que se animen al abrazo sináptico. Hoy, este congreso nos propone ciudades libres de autos. Un extremo, quizá, si se piensa que la tónica del discurso social hacia cualquier proyecto es que no se puede, que es difícil en incosteable, y pocas veces se anima a su concreción. La hegemonía del pero no es irrelevante en el actual estado de las cosas —en el actual Estado, con mayúscula—, pero el verdadero cambio está en nosotros. Así que a caminar y soñar.

 

Hace unos días, por ejemplo, mientras deambulaba de aquí para allá, vi cómo la ciudad vino a nosotros y nosotros la decepcionamos. Sus ladrillos, lágrimas de profunda tristeza, cayeron sobre nuestros cuerpos y se consagraron en el vino mundano que manó de las venas heridas por aquel cosquilleo apocalíptico. Sus faldas de asfalto se enroscaron y bajo los pies sólo quedó la ruina, de la que pronto comenzó a florecer un lago de mierda. Miles de vehículos trenzaban su colorida melena. La ciudad se sacudió a los citadinos con elegancia pasmosa y nosotros quedamos ahí, fundidos y sepultados la tierra.

 

Soy un tianguis, soy una multitud, soy un camión, soy un par de pies y una patineta que danza sobre el asfalto cada vez más horadado de esta ciudad que parece, merced a las ocurrencias de sus gobernantes, echárseles encima a sus habitantes. Pero a pesar de todo, en las calles la gente sonríe, la gente llora, la gente conversa y la gente grita. La gente habla en los cruceros y se expenden remedios para cualquier clase de mal. El arte y la creación están ahí, para quien sepa —quiera— contemplar. La vida como un acto equilibrista que se ejecuta caminando. Pasarse la existencia con el culo pegado a un asiento de camión, o frente a un monitor, no es vivir. Más razón tenían los monjes onfalópsicos que, mediante la observación prolongada de sus propios ombligos, accedían al conocimiento. Mejor caminar. Mejor rodar.

 

No se me active en el registro de los activistas, aún. Soy un par de pies y una cabeza que deambulan por el universo guadalajarense —tapatíos serán los ojos— procurando que el pensamiento alcance al alma y la inteligencia ininteligible dé algo más de que dudar en este pozo donde caminamos, corremos, rodamos y pensamos más de cuatro millones y medio de habitantes. Me declaro partidario cínico, por pata de can, de la observación: hay que ver a las personas, al arte y a la vida; hay que caminar, conocer las historias y contarlas. Hay que salir, al término de alguna noche de copas y conversación con los buenos amigos, a ejercer la caminata sin importar el destino sólo para que alguien, al final, sienta, piense o diga de nosotros, como de aquel personaje de Larry Niven en su novela Mundo anillo: “Bailó las danzas y bebió el vino, y partió al filo de la medianoche”.